
Con unas cosas y otras va uno dejando pasar el tiempo y luego cuesta encontrarlo para hacer un pequeño comentario. Así ocurre, que se desactualiza la actualidad y tiene uno la sensación de estar hablando de cosas viejas. Pero claro, también se resiste uno a dejar pasar las cosas así como así.
Nuestra ínclita ministra, y al final va a parecer que mi ideología política camina por derroteros que no le son afines, se empeña en hablar de cosas que, según parece, por mucha igualdad que se reparta en su ministerio, no termina de dominar. Hace ya unas semanas se dejó caer con aquello de que el embrión humano no es un ser humano. Luego todos hacemos leña del árbol caído, es cierto, pero nuestra Bibiana nos lo pone mascadito.
Efectivamente la discusión del estatus ontológico del embrión humano es delicada. Tal vez lo sea demasiado como para tratarlo en una rueda de prensa, donde se pueden decir cosas más o menos de pasada, sin demasiado criterio y con muchas posibilidades de salir en los zapping de todas las televisiones. Como por ejemplo esa insistencia en que el embrión es un ser... pero no humano. Lo cual es muy diferente, creedme, de decir que el embrión no es un ser humano. La cuestión es muy shakespiriana, de ser o no ser. Si fuésemos capaces de ponernos de acuerdo en eso, nos sobraría el 90% de todas las discusiones. Pero no hemos sido capaces, sobre todo porque no nos hemos puesto en serio.
Si le reconocemos el estatus de "ser", se ponga como se ponga la ministra, es humano. Y lo es, porque no puede ser de otro modo. El embrión en gestación tiene un cariotipo humano, un mapa genético humano, una estructura humana, aunque pueda no llegar a considerarse un "ser" como tal. Luego la discusión no está en si es o no humano, sino en si es o no un "ser". Y eso sí es discutible, porque no es evidente.
Pero a veces embrollamos demasiado las discusiones, tal vez porque nos empeñamos en confundir términos. No podemos mezclar la discusión del estatus ontológico, es decir, el ver si se considera o no un ser, con la discusión del estatus jurídico de persona, que ese seguro que no lo tiene. Y a eso me imagino que se refería nuestra ministra al negar la categoría de humano, cuando lo que quería negar es la categoría de persona. Es decir, que a todos nos debe quedar claro que cuando se practica una interrupción del embarazo no se está matando a una persona. Pero eso no dice nada del estatus ontológico del embrión humano. Es más, no se opone a la posibilidad de estar matando a un ser humano. Por eso es importante la discusión profunda sobre el tema.
Está claro que, según nos posicionemos en una u otra postura, cargaremos más las tintas en depende qué dirección. Esta práctica es la que, con frecuencia, impide un intercambio pacífico de argumentos y abre las puertas a las acaloradas discusiones descalificativas. Pero eso no ayuda nada al debate de ideas y solo alimenta la confusión, que es el terreno abonado para la toma de decisiones antidemocráticas.
Parece evidente que muchos se negarían a conceder un estatus por consenso, pero al menos sería interesante fijar unos mínimos. Luego estaría la conciencia de cada uno, la opción ética ante la cual responder, pero que al menos hubiera una exposición clara de la cuestión. Entonces no tendríamos que escuchar la burrada de algún que otro secretario de la Conferencia Episcopal decir que se están matando personas, ni la de nuestra ministra afirmando que se está poniendo fin a la vida de seres, pero que no son humanos. No sería necesario sentir vergüenza ante ciertas campañas de algunos grupos eclesiales, ni ante la lectura de algún artículo de ramalazo feminista. Pero me temo que, a estas alturas, ya estoy de nuevo soñando. No sé a quién no le interesa que pensemos un poco pero, mientras tanto, me sigo sintiendo impotente ante la grosería de cuestiones tan hondas.