sábado, 31 de octubre de 2015

Lo de las rayitas

He estado navegando un rato, por curiosidad, en una de las páginas de la NASA, donde se recopila material fotográfico de gran calidad, y se me ha ocurrido hacer algo de tontos; esto es, jugar con el zoom en una imagen de la tierra desde el espacio hasta ver el máximo detalle posible para, posteriormente, alejar la imagen de modo que la tierra se pierde en la inmensidad del espacio. Un ejercicio estúpido, sobre todo porque se me ha ocurrido buscar las rayitas. Sí, esas que separan unos países de otros. Evidentemente, no se ven. Para eso hay que irse a otras aplicaciones y ver dónde cae, como si de un muro se tratase, cada una de las separaciones. Siguiendo con la obviedad antes mencionada, sólo cabría decir que, efectivamente, son una mera ensoñación humana. Las fronteras no existen, por mucho que acerquemos la imagen de la tierra. Pero ahí estamos nosotros, pintando y pintando, levantando muros de los de verdad, alambradas, empalizadas... ¡Cuánta estulticia!, que diría el otro.
Reconozco que soy uno de esos ilusos que un día soñó con un mundo con muchas menos rayitas, donde los pueblos pudieran convivir armoniosamente, enriqueciéndose unos a otros con su diversidad. Hacia ahí iban los proyectos de unión de estados en los distintos continentes, a ese objetivo contribuían herramientas tan valiosas como la world wide web, a eso nos apuntábamos los que nos sentíamos más ciudadanos del mundo, que pueblerinos del terruño. Pero no pudo ser. Seguramente fueron los intereses económicos de unos cuantos los que impidieron que estos sueños cobraran bríos. Poco tardaron en surgir, en proyecto de una Europa globalizada, por ejemplo, los que pretendían crear un país diverso porque eso de la globalidad terminaría diluyendo su riquísimo patrimonio particular. Luego les siguieron los que tenían miedo de dejar demasiado protagonismo a aquellos que estaban históricamente destinados a ser menos que ellos. Y, como no podía ser menos, los que pretendían dejar claro que ellos no eran oscuros, y por eso habría que mantener los elementos que evidenciaran la distinción entre ciudadanos de uno u otro mundo.
Tan sólo faltaba la gran batidora de la crisis económica mundial para que, al grito de sálvese quien pueda, quedasen destruidos definitivamente los pilares de cualquier deseo de armoniosa unidad. Y varios decenios más tarde, por centrarnos en el ámbito europeo, estamos inmersos en un panorama casi esperpéntico: países que quieren salir de la unión, otros que aceptan las resoluciones sólo si éstas les convienen, provincias que quieren ser países independientes, vallas que se llenan de espinos, policías que persiguen a refugiados, tanques que cierran caminos, mares que se tragan a centenares de criaturas desesperadas en la búsqueda de un mundo mejor... Un verdadero fracaso ideológico y político. Y lo más grave es que todo el mundo parece desmarcarse de aquel sueño.
No sé muy bien qué va a pasar en los próximos meses o años, pero tengo que reconocer que el panorama me provoca cierta desazón. Me preocupa que haya una serie de políticos que hayan hipotecado todo, hasta su dignidad, para conseguir algo tan a contracorriente como una escisión. Esa burguesía catalana, tan burguesa ella, que se da abrazos con los tipos que acuden a los plenos en vaqueros y camiseta. Si han llegado a esos abrazos, es que están dispuestos a todo. Han renunciado al "antes muerta que sencilla" y se han abandonado en los brazos del "aquí vale todo", mientras me interese.
También me provoca cierta inquietud los que piensan que unas alambradas pueden detener a un pueblo en busca de una vida mejor; que haya gente que realmente crea que el que coge a su padre anciano y a su hijo lactante, para hacer miles de kilómetros a pie, tiene alternativas. Si las tuviera, no se movería. O se iría él solo, pero no pondría en riesgo a toda la familia. Es lo mismo que ocurre con los miles de africanos que ponen su vida en riesgo para llegar a la vieja y ladina Europa. ¿Quién compra un viaje a una muerte probable si no es desde la desesperación? Porque, en realidad en este mundo, hay más desesperados que estúpidos, y más gilipollas que gente medianamente coherente.
Así que parece que toca repintar las rayitas, derogar acuerdos de libre circulación y hacer de esta Europa un bunker insolidario. Aunque, por otro lado, no estoy demasiado convencido de que todo esto llegue a buen puerto... Bueno, lo de los catalanes, me imagino que sí, que conseguirán su ansiada independencia para poder hablar entre ellos en su idioma y así compartir sus pueblerinas vivencias. Me pregunto si no hubiera sido mucho más interesante luchar por que se estudiaran, al menos, las nociones de todas las lenguas que se hablan en nuestro país, en lugar de que todo el que vaya a su pueblo hable el idioma "oficial". Algo así como, yo me meo en todas las leyes pero voy a hacer una ley para que tú no te mees en mi ley. Pues eso, para mear y no echar gota.
Aunque bueno, aparte esta innegable conquista para la humanidad, veo de difícil solución el blindaje del viejo continente. Podría alguno entretenerse en sacar los adeenes de todo el personal y ver cuantos puros quedan. En los países del sur, ninguno, diría yo. En los del norte, no sé si cuando los pueblos germánicos se pusieron en movimiento dejaron algún paisano sin darle matarile. Me da a mi que eso de los movimientos poblacionales lo vamos a vivir ahora en directo y, por mucho que le pese a monseñor, haya o no trigo limpio, nos vamos a jartar. No sé si sería mucho más interesante ir pensando en cómo configurar un mundo intercultural, que no multicultural, y dejarnos de vértigos estúpidos con la pérdida de los tesoritos propios. Nos van a hacer falta unas clases aceleradas de diálogo y consenso para afrontar este futuro que se nos presenta, o estaremos condenados a pintar rayitas hasta en la puerta de nuestras casas. Y eso, la verdad, suena de lo más deprimente.