Todavía "shockado", mientras leía esta mañana las reacciones de la gente, ha sido inevitable posar los ojos sobre las de aquellos que dicen que todo esto es una hipocresía, que más muertos se han producido en otros atentados, en otros países, en otras circunstancias, y que con ellos no nos rasgamos las vestiduras. Con los de París, todos hemos puesto banderitas tricolores en nuestros perfiles de Facebook, mientras que ni siquiera reaccionamos mínimamente ante los otros fallecidos, tan personas como éstas, tan dignas como las vilmente asesinadas en París. Y claro, hay mucho de razón. Pero esa postura me parece tanto, o más hipócrita, que la que ellos mismos critican. Y me explico. Lo primero es de perogrullo; mis muertos son más muertos que los muertos de los otros. Esto es, todos percibimos lo propio de una manera más cercana que aquello que vivimos en la distancia. No es lo mismo que se me muera alguien cercano, que alguien que ni siquiera conozco. Y es cierto, no conocía a nadie de los que han muerto en París, pero sí los percibo mucho más cercanos que los que desgraciadamente mueren a diario en otras latitudes. Lo inesperado, lo inusual, lo impropio de lo que ha ocurrido en Francia, hace que todo se reciba en un tono amenazante, demasiado cercano, tanto como el funesto atentado de Atocha, que sufrimos en carne propia. Nos sentimos amenazados en nuestra seguridad y buscamos desconcertados un elemento de estabilidad que nos permita encaminar el día a día con prestancia de ánimo, sin perder los estribos y sin reclamar soluciones del tipo: todo el que no sea como yo, que se vaya de mi lado. De ahí que sea lógico, e incluso lícito, que nos preocupemos más por estos atentados, que por los que ocurren en sitios lejanos y desconocidos.Pero, en segundo lugar, no podemos olvidar el valor de lo simbólico. Un atentado en París, sin discriminar, contra objetivos civiles, sin posibilidad de que nadie pueda defenderse, es un escupitajo en la misma cara de la libertad occidental. Esta gente pretende crear un clima de inseguridad, de miedo, de amenaza constante donde la gente se sienta insegura por el solo hecho de ser occidental, infiel, imperialista o como se le antoje calificar al gerifalte de turno. Sin duda se trata de un torpedo bajo la línea de flotación de occidente, con la intención de desestabilizar. Los ciudadanos occidentales están indefensos, puesto que han delegado su capacidad de defensa al estado, que se encarga de proteger a todos lo miembros de la sociedad. Pero si el estado no es capaz de proteger a los ciudadanos... ¿qué se espera que ellos hagan? ¿Tendrían que reclamar de nuevo su derecho a la autodefensa y portar la pistola en el cinto? Evidentemente, sería un paso atrás de terribles consecuencias y por eso los estados de occidente tienen el deber de hacer todo lo posible para que la sensación de seguridad vuelva a recuperarse. La seguridad de los ciudadanos es responsabilidad de los estados, y esa función es ineludible.
Junto a la percepción de cercanía y lo simbólico, no podemos dejar atrás una cuestión de derechos. En nuestras sociedades europeas hemos vivido miles de avatares hasta llegar al estatus actual. Podría ser, sin duda, mejorable, pero es bastante aceptable si lo comparamos a otras sociedades del mundo. Las guerras de religiones, la necesidad de tolerar al diferente, las revueltas sociales, la sangre derramada en todos estos procesos, muy abundante, por cierto, han hecho a esta sociedad merecedora de ciertos privilegios que, a mi juicio, debieran ser irrenunciables. O al menos dignos de una dura defensa. Hemos conseguido que los derechos no estén vinculados a si soy cristiano o musulmán, ateo o creyente, blanco o negro..., sino al hecho, mero hecho, de ser ciudadano. Y por eso no podemos permitir que nadie venga a decirnos que, por el hecho de ser infieles, o increyentes, o lo que nos salga de las narices ser, tenemos limitados nuestros derechos. No, aquí los derechos los limitan los tribunales de justicia, cuando algún miembro de la sociedad se convierte en elemento antisocial. Y, por supuesto, podía ser mejorable, pero de momento lo sigue determinando un juez, y no un tipo medio imberbe, con un kalachnikoff en las manos. Aquí nos hemos ganado el derecho a pensar lo que nos dé la gana y, en el caso de que no nos guste lo que piensa el otro, o si nos sentimos agredidos por su pensamiento, procedemos a la denuncia, no al degüello.
Por todo esto, yo he puesto la tricolor en mi perfil, como muestra de solidaridad con el pueblo francés y como repulsa a un atentado que percibo cercano. Sigo manteniendo que todos los seres humanos tienen la misma dignidad, y por ello he peleado toda mi vida, pero no por eso voy a renunciar a sentir un estremecimiento profundo por el atentado del país vecino. Creo que estamos ante un problema de difícil gestión, pues hay muchos ciudadanos que no se sienten tales en occidente, muchos guetos que se convierten en semilleros de odio y mucho chaval desintegrado al que se le enseñan las puertas de este estúpido paraíso al que se accede pegando tiros. A veces pienso que es como si le declarásemos la guerra a los mosquitos, a la orilla de un pantano, en una tarde de agosto. A ver cómo no enfrentamos a eso. Mientras tanto, me preocupo, me mantengo en la reivindicación de los derechos ganados durante siglos y asumo que estos, también son mis muertos.