martes, 23 de junio de 2009

¿Qué pasaría?



Me pregunto, ¿qué pasaría si alguien en España dijera lo del burka? Entiendo que no pasarían cinco segundos sin que le llovieran las críticas desde todos los sitios. Los primeros en criticar, los que promovieron que desaparecieran los crucifijos de los lugares públicos. Eso, seguro. De nuevo es una cuestión de coherencia, pero las cosas se ven más claras en los problemas ajenos. Así pues el burka, criticado de una forma muy aparatosa por el presidente de la República Francesa, pasando por lo alto de la cámara, como quien dice, tendrá que definirse si se trata de un signo de esclavitud, como un elemento religioso o como una reivindicación cultural. A priori, no parece fácil la cuestión.
Dentro de la tradición laical francesa, se entiende mucho mejor que aquí la cuestión. La defensa de la laicidad de la República es algo nada baladí en Francia. De hecho, el presidente Sarkosy ha irrumpido en el tema de un modo poco ortodoxo, pero decidido a que se hable, y mucho, de este tema. La oposición al burka es frontal desde la defensa de la laicidad republicana y en contra de la concesión a lo que para ellos pudiera suponer una amenaza de futuro.
Evidentemente el planteamiento es discutible. Está por ver que el uso del burka signifique un peligro para las libertades republicanas, o que pueda ser considerado un insulto a las mismas. Alguno incluso podría aducir que esta misma vehemencia no se muestra con otro tipo de manifestaciones que pudieran ser consideradas paralelas. Por ejemplo, que una religiosa francesa pudiera vestir su hábito, como de hecho hace. En cualquier caso, la concesión no se quiere hacer a un grupo determinado, representativo en Francia, y que se sigue considerando enemigo de occidente, aunque sólo se diga con la boquita pequeña.
Si esto hubiera ocurrido en España, como decía al principio, hubieran llovido críticas. Como se trata de un tema muy discutible, todas ellas podrían ser aceptadas, pero me sigue haciendo gracia la incoherencia de fondo que subyace en este tipo de planteamientos. Tal vez burka sí, ¿crucifijos en sitios públicos también? ¡No, eso no! ¡Es insultivo! Puede que lo sea para algunos, por eso se ha aceptado su retirada en la mayoría de los casos. Entonces el burka también es insultivos. ¡No, el burka no! ¡Se trata de un elemento cultural! Ah, como el crucifijo. ¡No, no es lo mismo! Bueno, no es lo mismo... ¿por qué? La respuesta vendría iluminada desde el más puro estilo libertario, haciendo referencia a lo importante que es el respeto a los elementos culturales dentro de la alianza de civilizaciones. En fin, si seguimos por aquí terminaríamos en un diálogo de besugos.
Me da la impresión que la cuestión tendrá que plantearse tarde o temprano. Estamos pasando todos muy de puntillas sobre este tema, el de la inculturación y el respeto a la cultura acogedora, y al final terminaremos lamentado algunas cosas. No creo que haya que tener miedo al cambio que pueda suponer el advenimiento de ciudadanos extranjeros, pues siempre será enriquecedor. Pero de igual manera no podemos considerar que haya que plegarse a todas las "imposiciones" de las culturas externas. Si así lo hiciéramos, estaríamos incurriendo en un error gravísimo, que se basa en una especie de complejo de culpa que mantenemos frente a los inmigrantes y que nos impide ser críticos con cualquier planteamiento que interfiera en la convivencia armónica o que ponga en peligro las conquistas sociales firmadas con las sangre de nuestros mayores. Así pues, no podemos conceder que un conflicto se pueda arreglar "a tiros", o que pueda cortar la lengua de un delator, o que pueda pegar impunemente a una mujer, ¿o que esté obligada a ocultar su rostro? Uff, a lo mejor hay un salto, pero no deben andar muy lejos. La asignatura de la integración sigue quedando pendiente para septiembre, y algún día tendremos problemas graves como consecuencia de ello. Todo no es respetable, me temo. Tendríamos que tomárnoslo en serio.

miércoles, 10 de junio de 2009

El buen morir


Decía el poeta que: "un golpe de ataúd en la tierra es algo perfectamente serio". Y es que la muerte siempre nos inquieta y no deja de cubrirse, a pesar de los adelantos científicos, de su inquietante halo de misterio. Tal vez por esa misma razón todo lo referente a la reflexión en torno a la muerte nos inquieta, o nos provoca cierta hilaridad. A veces nos defendemos de ello recurriendo a la broma, a la anécdota o incluso a una cierta "pornografía" de la muerte, apareciendo sin tapujos en las primeras páginas de los periódicos e informativos.

El diario de la mañana nos habla hoy de uno de los aspectos que de vez en cuando se asoman al foro público, el posible derecho a controlar el momento de la muerte, sobre todo en caso de enfermedades crónicas. Se trata de la propuesta de ley del Parlamento de Andalucía sobre la retirada de tratamiento de soporte vital y la sedación terapéutica. Es lo que habitualmente se confunde, no sé si intencionadamente, con la eutanasia. Tiene poco que ver, sin embargo.

La propuesta del parlamento andaluz viene a completar lo ya iniciado en su estatuto y recoge la voluntad de conceder un marco legal a las situaciones más controvertidas del proceso de muerte. Con la medicalización de la medicina, morir en el hospital se ha convertido en habitual y, en ciertos casos, en una experiencia indeseable. Cierto es que ha habido una voluntad de desmedicalizar el proceso, pero parece que no marcha al ritmo deseable. Se han dado casos concretos y al mismo tiempo muy aireados por los medios de comunicación, lo cual da a veces una sensación de relevancia extrema. Esta relevancia no está marcada por el número de casos, afortunadamente, sino por lo delicado y sangrante de los mismos.

Sin entender demasiado de legislación, me da la sensación de que la propuesta de la Junta de Andalucía es muy mediática, está cargada de buenas intenciones, pero no aporta nada que no estuviese ya legislado. Creo que podía deducir un cierto control para rechazar tratamientos y medidas de soporte vital en la Ley de Autonomía del Paciente, pero también es verdad que no se ha otorgado la necesaria información para que se actúe con la conciencia de estar "dentro de la ley". Sobre todo, por lo que se refiere a la sedación, que hasta ahora ha sido más un criterio médico que una medida disponible a la voluntad del paciente.

Si escarbamos un poco, nos daríamos de bruces con la realidad indigesta de la muerte. Tan laicistas somos, que hemos tirado a la basura todas las herramientas de que disponíamos para enfrentarnos a ella. De ahí que no deba sorprendernos el hecho de que exista tanto miedo a gestionar los elementos que circundan el morir. Porque al final se trata de eso, de un proceso cargado de momentos y símbolos. Sigue siendo demasiado duro para algunos reconocer que lo natural es morirse y no permanecer vivo a cualquier precio. Que el sufrimiento acompaña al ser humano, pero no se puede convertir en un fin en sí mismo, por lo que es lícito combatirlo con eficacia, sin que ello signifique nada más que paliar dicho sufrimiento. Hay que reconocer de una vez que se puede rechazar un tratamiento, sin que ello signifique una renuncia a nada ni un deseo descabellado. Hay que lograr que la sedación sea terapéutica, sin tener que pensar que sea al mismo tiempo homicida, sino dirigida a evitar situaciones realmente insoportables. Pero del mismo modo tendríamos que reconocer que es lícito pensar que el sufrimiento nos acerca a la trascendencia, sin que ello signifique convertirse en un mártir o en un estúpido. Que se debe tener libertad para solicitar que se mantenga un tratamiento, siempre y cuando no sea fútil. Que es posible solicitar estar consciente en los últimos momentos de nuestra vida.

Comprendo que nada de esto está demasiado claro, por lo que se hace necesario seguir profundizando en este tema con rigor y prescindiendo de alarmismos. Puede que tan solo por esta razón pueda ser bienvenida la ley andaluza, aunque ya alguno ha afirmado con cierta maliciosidad que se trata de "abrir la puerta a la eutanasia". Sinceramente, no creo que sea así, pues la reivindicación del buen morir deberá ir por otros derroteros. Pero también es cierto que se sigue echando de menos algo parecido al antiguo "ars moriendi", el arte de morir, que permitía a todo ciudadano morir en paz con Dios y con los hombres. Cada uno es libre de elegir con quién quiere reconciliarse o arreglarse, pero es deseable que todos podamos morir en paz, en la mejor de las paces posibles.