jueves, 24 de diciembre de 2009

Feliz Solsticio


Me espetaron el otro día con aquello de "feliz solsticio de invierno", para evitar decir Feliz Navidad. Viniendo de quien venía, me pareció coherente y hasta oportuno, convirtiéndose en imágen de lo que somos. Curioso, todo un símbolo para proclamar la muerte de lo simbólico. Ahora queremos que todo sea tangible, inmediato, sencillo..., y por ello huímos de lo que pueda llevar a evocar otras realidades que se esconden detrás de cada cosa. Por otro lado, visto lo manoseada que está la Navidad, casi mejor quedarse con aquello del solsticio, que por lo menos es una palabra con sonoridad casi arcaica, de esas que sólo se dicen de vez en cuando.

Estamos ahora precisamente este tiempo del "sol quieto", donde la luz consigue detener el avance de las tinieblas amenazantes que desde la primavera no hacían sino engullir la luz. Ahora es como si el sol hubiese ya previsto el próximo paso del ejercito de las tinieblas y lo esperara bien dispuesto en el terreno de batalla. Las tinieblas otean el horizonte, miden sus fuerzas y comprenden que no tienen nada que hacer, sino retranquearse, volver sobre sus pasos en espera de una nueva oportunidad. Ha llegado el tiempo del sol y, aunque aparece quieto, todos saben que mañana mismo comenzará su feroz e inexorable ataque.

Parece imposible resistirse a dotar de simbolismo un acontecimiento que otrora, cuando se estaba más pendiente del cielo que en nuestros días, se manifestaba con tanta rotundidad. De ahí que se hubiese escogido este acontecimiento para celebrar el nacimiento del astro rey, en lucha eterna con sus enemigos.

En algún momento se entendió que el verdadero Sol de occidente, aquél que vencía a las tinieblas del mal y que las diluía con su sola presencia, aquél que despuntaba en el horizonte contagiando al día de luminosa esperanza era en realidad el Mesías. ¡Quién lo diría!, un bebé arrullado entre harapos y pajas, destinado a ser el Rey del Universo. La genialidad del símbolo es grandiosa. Dejando aparte las creencias de cada uno, no puede caber duda de que la metáfora es deliciosa. La Navidad es la fiesta de la esperanza humana, la esperanza no sólo en un mundo mejor, sino en un mundo preñado de dinamismos más luminosos, más tocados por lo agapéico, con aquello que se da o se recibe sin moneda de cambio.

En estos días hay que hacer un verdadero esfuerzo para vislumbrar siquiera algún gesto. Todo es bulla, gente que corre sin mirar al lado, dinero que cambia de manos de modo anodino y gestos cargados, más bien sobrecargados, de intencionalidad. Pero fíjense ustedes, uno mira hacia arriba, evocado por un saludo, y contempla al sol quieto, dispuesto a ir ganando poco a poco su terreno. Y como que renace la esperanza. Así pues, a pesar de la lluvia y el resfriado, ¡Feliz Solsticio de Invierno!

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