sábado, 16 de abril de 2011

Costa de Marfil

Definitivamente, la literatura está reñida con la paternidad. Hace ya varios meses que quería retomar esta bitácora, ya casi abandonada y he terminado desistiendo en todas las ocasiones. Veo en la memoria varios borradores incompletos, que nunca llegaron a ser pulidos para publicarse. Así que me imagino que tendré que intentar, ahora que estoy solo, escribir la entrada del tirón. De lo contrario corre el riesgo de las anteriores, que duermen el sueño de los justos.
Han pasado tantas cosas, que no sabría ni por donde empezar. Reconozco que, últimamente, el tema que más me ha preocupado ha sido el de Costa de Marfil y su situación tras la tremenda crisis post-electoral, como se ha venido en llamar. Yo sigo aún sin entender muchas de las cosas que han ido ocurriendo y, tal vez, como comentaba Désiré, hay cosas que no se entienden completamente si no se ha vivido allí. Yo, evidentemente, no me las doy de entendido. Sin embargo, tal vez por tener en un cajón el libro de familia de la República de Costa de Marfil, me siento interpelado para poder exponer algo de mis reflexiones al respecto.
Después de la guerra civil, iniciada hace ya casi diez años, era urgente la celebración de unas elecciones presidenciales. Pero todo es más complicado de lo que nos pensamos. Para celebrar las elecciones, hay que elaborar un censo... y eso sí que es una ardua empresa. En Costa de Marfil, motor económico de la zona durante años y esperanza para miles de inmigrantes, es muy difícil determinar, sobre todo en la zona rural, cuándo ha nacido cada ciudadano, en qué lugar exacto y todavía queda por aclarar si todo nacido en territorio marfileño tiene derecho a ostentar su nacionalidad. Así las cosas, el proceso de elaboración del censo electoral ha sido interminable y en ocasiones algo muy alejado de la claridad y de la justicia. Pero se realizó, se convocaron las elecciones y en ellas se incluyeron a líderes que anteriormente habían sido descartados por cuestionarse su auténtica nacionalidad. Este es el caso de Alassane Ouattara, actual presidente electo del país y uno de los protagonistas, junto con Laurent Gbagbo, de la citada crisis que, más allá de las cuestiones políticas, se han jugado las cuestiones de simple y llana coherencia. El anterior presidente, el Sr. Gbagbo, ha conocido la represión, la cárcel, ha permanecido firme ante las dificultades y ha sido ampliamente apoyado por el partido socialista francés. Pero llegado el momento de las elecciones, supervisadas por la comunidad internacional, no ha sabido hacer alarde de sus supuestos valores democráticos y ha dicho que no se iba y que, además, todo esto no era sino un empeño de Francia por dar un golpe de Estado a su gobierno. Con esa cantinela se ha cerrado en banda y, desde noviembre, el país ha estado dividido en dos y ha degenerado en una especie de guerra civil, de todos contra todos, de musulmanes contra cristianos, de sur contra norte..., que ha escindido el país y los corazones de su gente.
Al final ha ganado Ouattara, apoyado por la comunidad internacional y Francia. Se ha dicho de todo, que es una intromisión extranjera, que ha sido un golpe de estado, que una irresponsabilidad. Ya no importa demasiado nada de eso, sino reconstruir un país que cuenta con muchos enteros para volver a ser motor económico de la región. El discurso de ADO, como es conocido entre sus seguidores, ha sido de reconciliación y deseos de paz. También ha prometido justicia. Esperemos que así sea. Ahora le toca comenzar a trabajar por lo más difícil, hacer creíble su propuesta. Ojalá todo se resuelva cuanto antes, para permitir un desarrollo que posibilite la reconstrucción del país. Su costa es ahora más de petroleo y cacao que de marfil, pero sigue siendo una costa esplendorosa. Todavía tengo pendiente un regreso a la playa infinita de Grand-Bassam y espero que, cuando tenga la oportunidad de volver, lo pueda hacer a un país que ha sabido renacer de sus propias cenizas.

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