martes, 17 de marzo de 2009

Declaración de Madrid


Provenientes de las distitas ramas del saber, unos trescientos científicos e intelectuales se han puesto de acuerdo para firmar la llamada "Declaración de Madrid" que se posiciona frente a la reforma de la ley del aborto. Llama la atención la cuña del diario más difundido de nuestro país que, de un plumazo, los atrinchera a todos junto con la Iglesia Católica. Efectivamente conocen bien los resortes, pues ya hay gente que se ha manifestado en contra de esta declaración, y eso que todavía no se ha hecho pública. A veces siento mucha impotencia frente a estos desmanes. No se debiera permitir que con este juego de palabras se desvirtúe lo que debiera ser un debate serio. Pero en este país, y me refiero a España, no al diario, parece que hay gente dispuesta a que nada se debata de verdad, y ahora sí hablo del diario.
Parece que, a ojos de los intelectuales del País, el diario, toda persona que se posicione junto a la Iglesia ya no es intelectual, pues la Iglesia está sosteniendo el oscurantismo que durante siglos ha sido su bandera y, bla, bla, bla, bla. Pero habría que decir de una vez por todas que el mayor de los oscurantismos lo sostiene una sociedad que se dice democrática, y manipula; que se dice libre y restringe la libertad de expresión y de pensamiento; que se dice progresista, y prefiere erradicar el problema en lugar de evitarlo. Porque al final estamos hablando de esto, de pretender solucionar un problema desde la supuesta progresía, cuando es justo lo contrario. Siempre creí que lo progresista estaba vinculado a la educación, a la provisión de conocimiento y criterio para tomar decisiones en libertad. Sin embargo se ha elegido lo fácil, como ocurre con todo últimamente, pero con una ligera pátina de progresismo. Se ha renunciado a la educación y a complicarse la vida con diatribas éticas y se ha ido directamente al parcheo, ¿que la niña se queda embarazada?, pues que aborte y punto, pues qué sabrán los curas. Reduccionismo antológico ante una cuestión en la que nos jugamos mucho, me temo. Desgraciadamente, me temo que nos quedaremos con el grito helado en la inmensidad del desierto, pues nadie atenderá esta llamada a la cordura, a la sensatez, al uso del intelecto. Tal vez ese planteamiento sea demasiado complejo, cuando es mucho más fácil decir que posicionarse en contra del aborto es ponerse del lado de los obispos. Además, afinando aún un poco, tendríamos que decir que ni siquiera éste es el debate, pues el aborto en nuestro país ya está despenalizado. La cuestión es si cambiamos una ley que no sabemos si va a solucionar algo. Puede que sólo aumente el drama de los de siempre, los más débiles, los que al final no tienen la verdadera libertad de acción porque les falta la agencia, la llamada "libertad interior" que exige cierta madurez. De eso ya veréis cómo no se preocupa nadie en el país, ni en El País, claro.
Seguro que en la lista de los trescientos se cuela algún recalcitrante, de hecho ya he visto el nombre de alguno de ellos, pero seguro que también hay gente que piensa diferente a lo que se mantiene como doctrina oficial en este momento. Sin ir más lejos, hoy he escuchado a una tertuliana que decía algo así como "no se puede consentir a la Iglesia que trate de manipular diciendo que desde la concepción se encuentra todo el mapa genético de la persona futura". Al final resulta que no había sido una opinión de la Iglesia sino de un posicionamiento de un científico que, indignado, se reafirmaba en que no emitía una opinión, sino que estaba constatando un hecho. Y encima tiene razón.
Veremos qué cuenta la declaración. Ojalá aumente la polémica, si ello sirve para promover la reflexión.

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